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Las bolitas. Relato por Gilberto Medina Imprimir E-Mail

1La idea le llegó al modo característico de la iluminación. Es decir, de golpe, intuitivamente, sin mediar análisis ni mucho menos estimar objetivos ni metas.La idea incendió su alma. Exagero, pero sí le hizo clic. Inmediatamente se convenció que su idea era genial y en ella encontraba una motivación vital, una misión, humanística, sin duda.2Y como sucede con las revelaciones, se dio a la tarea de ponerla en práctica de inmediato.No tuvo que teorizar mucho, en dos pinceladas definió el cómo y el para qué.El “cómo” era sencillo, le daría un tratamiento a sus detritos fecales, los cuales usaría para compartirlos con otros seres humanos.El “para qué” era consustancial a su naturaleza bondadosa. En el mejor estilo budista, de la forma más compasiva, depositaría sus detritus, preparados previamente, en la ropa o equipaje de las personas a quienes bendeciría.3¿Qué clase de bendiciones propiciaría?Eso no importaba, dejaría a los ángeles y al destino que se encargaran de ello.El solamente depositaría un poco de excremento suyo y ya está.Con ello podrían romperse karmas acumulados. O abrirse vías de éxito, muy a la manera noética[i].4No podía ir  por allí llevando excremento fresco. El olor y lo difícil de manipular no permitiría llevara a cabo la misión. Entonces adoptó un método.Luego de defecar cogía la caca, para lo cual usaba guantes de látex, y hacía bolitas, las que ponía encima de un periódico extendido.A los dos días las bolitas se parecían a las heces de los borregos, eran consistentes y fácilmente manejables, aunque aún en el centro estaban húmedas.Probando y probando, llegó a la conclusión de que tres días eran suficientes para que las bolitas quedaran firmes.5Conseguir bolsas de celofán fue lo más fácil del mundo. En  la tienda de materias primas del mercado compró un ciento, de 15 centímetros de alto por diez de ancho.Parecían chocolates.El primer día salió a la calle, con el firme propósito de depositar diez bolitas en sendas personas. Una bolita por persona, no más.Habitualmente viajaba en metro, autobús y pesero, así que la mecánica de contacto era sencilla.


[i] La palabra “noética” viene del verbo griego “nous/noew”, que significa  “ver, discernir” se podría equiparar a  una “visión psíquica”. La Noética, ya como disciplina, toma la razón, la intuición, los sentimientos y el sentido del acto consciente, para estudiar la naturaleza de la mente, la cual es capaz de modificar el mundo físico de forma extrasensorial.

 6La mecánica de contacto, aunque simple, requería de atención, ubicar la oportunidad para depositar la bolita en la ropa, la bolsa, el paraguas, sin que la persona se diese cuenta del acto.Además, no solamente era necesario evitar que la persona elegida como depositaria de la bolita, se percatase, sino que las demás personas tampoco se dieran cuenta. 7El primer día fue muy difícil.Metido en una guerra de nervios buscaba la oportunidad pero al tenerla a mano, pese a que evaluaba que nadie lo observaba, dudaba y se retraía.En toda la mañana solamente pudo depositar cinco bolitas.Dos en bolsas de mandado de una señora y una señorita, una en un bolso de mano que una señora traía abierto, otra en el bolsillo de la chamarra de un obrero y la última, la que más disfrutó, la puso en la caperuza de una sudadera deportiva de una jovencita.8De regreso a su casa ese maravilloso primer día, tenso pero exitoso, pensó en que efectivamente disfrutaba colocando las bolitas desapercibidamente.Es hermoso, pensó, hacer el bien en forma divertida y placentera.Este ejercicio se volvió habitual. Nuestro amigo dedicaba a esta práctica dos o tres horas al día, su meta diaria: diez bolitas.

[1] La palabra “noética” viene del verbo griego “nous/noew”, que significa  “ver, discernir” se podría equiparar a  una “visión psíquica”. La Noética, ya como disciplina, toma la razón, la intuición, los sentimientos y el sentido del acto consciente, para estudiar la naturaleza de la mente, la cual es capaz de modificar el mundo físico de forma extrasensorial.

6La mecánica de contacto, aunque simple, requería de atención, ubicar la oportunidad para depositar la bolita en la ropa, la bolsa, el paraguas, sin que la persona se diese cuenta del acto.Además, no solamente era necesario evitar que la persona elegida como depositaria de la bolita, se percatase, sino que las demás personas tampoco se dieran cuenta. 7El primer día fue muy difícil.Metido en una guerra de nervios buscaba la oportunidad pero al tenerla a mano, pese a que evaluaba que nadie lo observaba, dudaba y se retraía.En toda la mañana solamente pudo depositar cinco bolitas.Dos en bolsas de mandado de una señora y una señorita, una en un bolso de mano que una señora traía abierto, otra en el bolsillo de la chamarra de un obrero y la última, la que más disfrutó, la puso en la caperuza de una sudadera deportiva de una jovencita.8De regreso a su casa ese maravilloso primer día, tenso pero exitoso, pensó en que efectivamente disfrutaba colocando las bolitas desapercibidamente.Es hermoso, pensó, hacer el bien en forma divertida y placentera.Este ejercicio se volvió habitual. Nuestro amigo dedicaba a esta práctica dos o tres horas al día, su meta diaria: diez bolitas.

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