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EL MURO DE LAS LAMENTACIONES POR ALBERTO OROZCO ROMERO Imprimir E-Mail

Al famoso y ruinoso vestigio de las gloriosas épocas de Jerusalén, no creo vayan los judíos solamente con lastimeras quejas; en las fotografías aparecen en actitud seria y meditativa, más bien de dar gracias a Dios y a suplicarle favores. Sea para lo que sea, la erosionada edificación es conocida como el Muro de las Lamentaciones.

Nosotros tenemos maravillosas obras de nuestros antepasados indígenas y ninguna es conocida con ese nombre. Hay muchos templos cristianos en los que se ora y suplica, pero ninguno es especial para quejas. Eso fue hasta septiembre pasado, ahora ya tenemos un muro al que respetuosamente algunos pueden llamar de las lamentaciones, otros de los lamentos, y con el perdón de los lectores, la mayoría acabará por conocer con el muy mexicano nombre del Muro de las Mentadas.

No lo han comenzado, ni hay presupuesto disponible para iniciarlo y ya el canciller mexicano informó que a nombre del Gobierno, hizo llegar la protesta al de Estados Unidos. En otros espacios de la frontera, desde hace mucho tiempo, existen largos muros en las cercanías de las ciudades para impedir la inmigración ilegal y nadie había reclamado. A mediados del siglo pasado no había problema migratorio; se podía entrar sin más requisito que la credencial de empleado público.

Este tipo de obras son defensivas. En Europa, las ciudades importantes y poblaciones feudales de la Edad Media, estuvieron amuralladas, de ellas son bastantes en las que aún existen vestigios. Los románticos castillos medievales estaban protegidos con altos muros y su acceso era un gran puente levadizo. Madrid le canta a su puerta de Alcalá, recuerdo de los límites de la ciudad.

En nuestro vecino país del Norte, inventaron las cercas con alambre de púas para impedir daños del ganado y conflictos de linderos. Al principio causó irritación, pero después fue aprobado y elogiado por las seguridades que proporcionaban. El derecho de paso lo establecen las respectivas servidumbres legales o contractuales; el desconocimiento de esas limitaciones es motivo de enconados litigios y graves hechos de violencia.

En este democrático país las cercas de metal son un ofensivo medio para apartar a la gente común y corriente. No recuerdo que en el tiempo de los "autoritarios" existieran o se utilizaran cercos; en la actualidad, para la celebración de cualquier acto en que asista un alto funcionario, lo que primero se ve son los chiqueros para los simples mortales.

Con el tiempo los mecanismos evolucionaron; para la lectura del último Informe presidencial ya no se usaron las cercas de tubos, esta vez fueron largas y altas murallas de acero. Para nada sirvieron porque no hubo Informe, pero se guardaron las sólidas placas para futuros actos políticos en que la plebe no podrá ni ver a sus selectos representantes.

Estos extensos párrafos tienen como finalidad destacar la incongruencia. Nos quejamos porque los yanquis quieran en su frontera Sur construir un cerco de ladrillo, mientras aquí, dentro de las ciudades, humillamos al pueblo segregándolo con auténticas murallas de acero. El mote de muro de la ignominia no debe ser para el de allá; ellos realizan un acto defensivo al que nosotros los hemos obligado, pues su frontera la mantienen hasta ahora sin obra de protección alguna.

Son millón y medio de mexicanos los que en estos seis años han ingresado ilegalmente a los Estados Unidos, los cuales se agregan a los otros 10 millones que radican allá en forma ilegal y absolutamente nada hemos hecho para evitarlo. Por el contrario, son miles las fuentes de trabajo que se han destruido y en lugar de recomendar una actitud respetuosa, se les ha alentado para que hagan tumultuarios mítines, marchas y plantones para que los regularicen. Una cosa es pedir favores y otra exigir derechos. En la frontera el único acto piadoso que se advierte son las cruces de los fallecidos al intentar cruzarla.

No sé en qué cabeza quepa que tenemos derecho a reclamar, a que mantengan sin obstáculos la frontera para que podamos entrar y salir cuantas veces nos dé la gana. El famoso muro en nada afecta el libre ingreso a Estados Unidos; noche y día las puertas de las oficinas migratorias están abiertas para quienes, legalmente, quieran ingresar.

Es tan obvia esta situación que nosotros también repatriamos a los que ilegalmente ingresan a México; que no podamos custodiar la frontera Sur es nuestro problema. La patria es el gran hogar y los gobiernos tienen el indiscutible derecho de permitir o negar el ingreso a ella.

Nada agradable es el dichoso muro, pero los culpables de que lo construyan somos nosotros, ¿de dónde demonios sacamos que están obligados a dejar entrar cuanto hambriento corra de aquí? Es exactamente lo mismo que el acceso a nuestra casa: el dueño es quien decide quién entra y nadier se puede quejar porque se lo impidan.

 
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